
Ligia (c)
Aún recuerdo su frescura singular, irradiaba luz, como lo hace la luna en una noche clara, un aura la envolvía, aún estaba mojada y las gotas formaban pequeñas perlas brillantes que se negaban a escapar de su piel, ella se acercaba a mí.
Su piel oscura y brillaba como la de un pez, y su largo y ensortijado cabello negro acariciaba su cintura cual adolescentes manos inquietas por el viento que llegaba del mar; me miraba con sus hermosos ojos negros, su anulada boca exponía carnosos labios, que se abría como exhalando una brisa fresca.
Del mar salía, como si siempre hubiera estado ahí, corrió el cabello de su rostro, luciendo largas uñas negras. Era una mujer lozana, grácil, delicada y de mirada penetrante.
Antes de que yo pronunciara palabra alguna, como leyendo mi mente habló:
--Ligia me llamo.
A lo que sólo pude responder con mi nombre:
--Enrique –no la vi entrar al mar y hacen varias horas que estoy en esta playa desierta
--Fue hace veinte años, la última vez que caminé por la arena. –dijo la mujer
Estaba desnuda y le ofrecí una toalla, la miré y sentí que la conocía desde siempre, hermosa y anónima, extraña criatura plagada de misterio y encanto.
--¿Está bien? –Le pregunté – ¿Necesita algo?
--A ti –respondió –ven conmigo y te enseñaré los secretos del mar
--Voy a llevarla al hospital para que un médico la atienda –le contesté.
En ese momento ella tocó mi frente con su pulgar y mis ojos se cegaron por el fulgor de un furtivo rayo; me desperté en el fondo del mar, todo era claro y podía respirar, ella estaba a mi lado y bailaba al ritmo de la corriente, sus ojos eran mas negros aún y sus pupilas dilatadas atrapaban la suave luz, el silencio reinaba. Ahora la muchacha no tenía piernas, en cambio lucía una hermosa y dorada cola de pez, yo contemplaba a la hermosa criatura, sirena hija de Melpómene, luego se acercó y me beso, y mi parte inferior también fue pez, nadamos juntos a gran velocidad por los arrecifes coralinos, miles de peces de colores pasaban ante nuestros ojos, Nos alejábamos cada vez más de la costa y de la realidad. Ligia me llevaba de la mano, todo era azulado y tibio.
Ya no necesitábamos hablar, nos comunicábamos con la mirada mientras ella me abrazaba y me sujetaba en sus brazos, fue así que conocí el verdadero éxtasis. No puedo precisar si fueron minutos u horas, al despojarme de su abrazo desperté sobre la tibia arena.
Aún con mis ojos nublados alcancé a ver a Ligia que caminaba solitaria hacia el mar, giró hacia mí, hizo señas con su mano para que la siguiera, yo dudé, y no respondí. le mostré mi negativa, creí ver una triste mirada en sus ojos, escribió algo sobre la arena, luego se adentró en el mar y desapareció. Sentí en mi alma el acerbo de mi decisión.
Me acerqué y pude leer en la arena, volveré en veinte años. Clavé una espada de dolor en mi pecho y me fui de la playa.
Pasaron diecinueve años, once meses y trescientos sesenta y cuatro días, son las 23.55 HS ya soy un anciano, la enfermedad me ha consumido por completo, me cuesta respirar, y estoy sentado aquí en esta solitaria playa, muriendo, siento ahora el arrepentimiento, y mi vieja mente que me habla, ¿un regalo onírico quizás?, mis ojos se nublan, estoy solo en la oscura playa, no puedo ver nada, el negro mar se confunde con la noche y devorando a cada instante la débil luz, y mis esperanzas. Escucho el canto constante de las olas, son las 23.59 toda la humanidad está reunida en sus hogares festejando el fin de año, y yo estoy aquí, aún estoy aquí, luchando por cada bocanada de aire, me pregunto: ¿moriré solo? La idea no me asusta, lo que me atormenta es no haber amado realmente, ¡si hubiera escapado ese día con Ligia!, estoy seguro que podría haberla amado. Ahora son las 00.00 y los fuegos artificiales iluminan levemente el mar, todos festejan, todos menos yo.
Pienso que con seguridad en estos momentos todos se abrazan fraternalmente, solo puedo abrazar a mi viejo bastón que se hunde cada vez más en la arena, las lágrimas comienzan a huir de mis ojos, y estos entienden que son las últimas que verán, el fin está cerca, mi vida se apaga como una vieja vela invadida por la brisa y yo pienso en Ligia, y la llamo con mi voz quejumbrosa que ahora es apenas un suspiro, son las 00.01 y pierdo la fe, me invade mi amigo el miedo y lloro como un niño, sabiendo que no habrá otro amanecer para mí, me desplomo contra la arena, mi mirada es borrosa, escucho y viento y una dulce voz, mixtura de cantos y caracolas, colmada de paz, me llama:
--Vamos amor, te mostraré los secretos del mar. FIN
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