
La pompa malva
Era una fresca mañana de sol en la plaza, los niños corrían hacia los juegos en frenética carrera, el pintoresco carrito de golosinas nos gratificaba con un dulce aroma a caramelo recién horneado, la abuela protectora ayudaba al pequeño a subir a una hamaca para luego mecerlo suavemente. Sentado en una tibia banca de madera gastada por el sol y el agua contemplaba somnoliento cuando una pequeña niña con dos colitas y vestido rojo pasó frente a mí y me regaló una enorme sonrisa; se la devolví y ella se alejaba soplando el sorbete con jabón, liberando decenas de pequeñas burbujas multicolores que bailaban frenéticamente por los caprichos de un suave céfiro.
Las burbujas pasaron frente a mí pero la rezagada se quedó flotando ante mis ojos, me pude ver reflejado en ella mientras parecía aumentar su tamaño; caprichos del viento dije para mis adentros. Pero no fue así la pequeña crecía como si alguien estuviese soplando con un sorbete.
Todo ese fenómeno llamó mi atención y mi curiosa y despiadada mano quería atraparla; al tocarla ella me envolvió completamente y comenzó a elevarse por los cielos. Atrapado en ella tuve miedo de tocar sus finas paredes ya que podrían romperse y caería abruptamente hacia mi destino final. Fue así que la pompa me llevó cada vez más alto hasta lo que parecía ser una gran nube de denso algodón, ahí se quebró y me liberó cayendo al suave suelo blancuzco. Me encontraba sólo y se podía respirar un aire muy limpio que me llenaba de paz, al poco tiempo de andar vi la silueta de una anciana, seguí caminando y cuando pude reconocer su rostro mi corazón sentía una fuerte taquicardia, mi abuela venía sonriendo con los brazos abiertos para abrazarme.
Sólo podía balbucear su nombre ya que las lágrimas me ahogaban nublándome la vista y volviéndome a la infancia y a sus cálidos brazos.
–No llores chiquito, esto es un regalo -me decía
–La niña de abajo fue la que soltó la burbuja que me trajo abuela.
–Esa niña era yo.
–tengo tantas cosas que preguntarte, abu -le dije a mi abuela
Delante de nosotros el mismo banco de plaza estaba vacío, nos sentamos y apoyé mi cabeza en su hombro, me dormí profundamente. Al despertar estaba sentado en el bando de la plaza y miré a todos lados buscando a mi abuela, pero sólo vi a una niña que me sonreía de lejos con su vestido rojo y sus dos colitas. Soltando una nueva ráfaga de pompas deseé que me llevaran nuevamente pero esta vez le tocó a un anciano que estaba en el banco contiguo.
FIN
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