Paisano José
© Raúl Rustan
José es un noble gaucho, un hombre de mediana estatura crecido en años, sus arrugas son muy profundas como surcos de una tierra árida. Sus manos cansadas muestras claras señales de noches de intenso trabajo a cambio de una exigua paga. De su alpargata el gordo se asomaba, sus bombachas estaban raídas y descoloridas que su cinto sostenían, detrás del mismo brillaba la plata en forma de facón. Cuando terminaba una jornada se aseaba y siempre cambiaba su camisa por una limpia; enseñanza de su finada Rosita ella siempre se lo inculcaba. Pobre hombre, cuanto que la extrañaba, Rosita era una hermosa mujer de largo cabello oscuro, su trenza brillaba al sol, de sus prendas perfume a jazmín y lavanda afloraban. Era una mujer de pocas palabras pero grandes ojos, todo lo observaba y vaya a saber uno en lo que pensaba, a veces se la veía triste, seguramente cuando recordaba a su tata. Ellos no tenían hijos, era un problema genético –“decía el dotor”.
Así fue como Rosita una mañana de abril mientras él, sujetaba suavemente su delicada mano. Poco tiempo quedaba para dedicarse a las casas, se la veía venida a menos, el tiempo volaba y luego del jornal su cansado cuerpo el recostarse reclamaba. Los sábados la pulpería era cita obligada. Se empezaba a la tarde cuando el sol calentaba las tablas de madera de las mesitas que daban junto a las ventanas, las partidas de truco y una caña bien tirada quemaba la garganta y esfumaba cualquier tristeza arrastrada de la semana. Todo el mundo jeteaba una chala que por cierto casi siempre escaseaba. Y cuando ya el rocío bajaba Don José trepaba a su moro pampa y éste, que ya sabía de memoria el camino, solito lo llevaba mientras el hombre dormitaba; sentado con la cabeza gacha, parte de su poncho tapada al matungo que a paso lento lo hamacaba.
Así llegaba al domingo y apenas con un poco de resaca el paisano se aliñaba para ir a la misa, otra de las cosas que Rosita le había infundido. Los pocos vecinos siempre se acercaban a su rancho e invitaban al asado que el gentilmente aceptaba. Fue así que lo conocí casi sin querer, cuando decidí recorrer el interior del país en busca del Gaucho y sus tareas; yo quería escribir un libro, y no había mejor forma de aprender, que viviendo de cerca la vida y las costumbres del hombre de campo. Llegué un domingo y el pueblo entero estaba en la misa, ahí sí que no faltaba nadie. Caminé por las desoladas calles y me senté en un banco de la plaza donde podía ver la iglesia y escuchar al cura mientras daba la misa. A mi alrededor los juegos esperaban a los gurises mientras chillaban las cadenas de las hamacas cuando el viento soplaba. Aproveché para tomar algunas notas describiendo el lugar, mientras lo hacía pensaba que la gente del pueblo tenía suerte de vivir tan despreocupada, ahí no se escuchaba sobre droga, asaltos y muerte, en cambio se hablaba de la cosecha, del sol y la lluvia, las crías, los caballos, cosas del campo, cosas que el hombre de ciudad no entiende.
La misa había terminado y todos salían caminando despacio sin apuro. Un momento después mientras tomaba un apunte escuché --“¿Patrón Usted es de la ciudad?
Era José que estaba frente a mí, vestía una pulcra camisa y traía su mejor pantalón, un pañuelo a tono y una boina inclinada, el sol ya picaba y era cosa seria para la gente del campo.
--Si así es caballero—le respondí.
--Me gustaría conocer el pueblo y las costumbres del hombre de campo. ¿Usted podría ayudarme? Es para escribir un libro que lo hago.
--¿Tiene onde dormir? –me preguntó
--Buscaré en el hotel.
--Vengase a mi casa yo le presto una cama –me dijo tan confiadamente sin conocerme que me quedé asombrado.
Pasé varios días siguiéndole el paso a José, iba y venía con él a todos lados como su sombra. Así conocí de la siembra, el arado, del que alambra la cerca, del que jinetea, el que recoge la cosecha. Aprendí sobre los animales, José cazaba y me enseño a atrapar la liebre, a seguir el surco de la vizcacha, cosas del campo, como él decía humildemente.
La cosa se puso seria cuando le pregunté por la leyenda de “La Luz Mala”
Me dijo –Yo le cuento como es la cosa
--hay un día al año donde al diablo no le prestan mucha atención y puede zafarse de los guardianes celestiales y viene a la tierra y hace de las suyas. Algunos cuando ven la luz por lo general al atardecer van a escarbar cosa que yo no recomiendo, así se fue Don Tito al parecer aspiró el mal y se murió. Si la luz que se ve es blanca no pasa nada, pero si es colorada aijuna yo ni me acerco sabe y ahí nomás hay que rezar el rosario. As veces dentro de la luz se ve algún difunto sabe, que está pagando las deudas su alma vaga hasta que ya se puede ir tranquilo, por eso le digo si ve la luz mala escape pa el otro lado.
Anoté todo lo que José me decía, al parecer lo entretenía mucho hablar de cosas mágicas y mitos. Pero no lo tomaba a broma y yo le mostré respeto cuando él hablaba.
--Mañana justamente es 24 de Agosto día de San Bartolomé –me dijo
--es el mejor día para ver la luz mala, si quiere podemos verla pero de lejos
--Claro, sería muy útil para mi libro. –le dije
Y así fue el 24 a la tardecita nos fuimos a caballo los dos por un sendero, íbamos subiendo cuando de pronto José se paró, luego me miró y con su dedo señaló al noreste.
--ahí –dijo
Cuando clavé los ojos, no podía dar crédito de lo que veía, un fulgor que emanaba la tierra en forma de gigante chispa enardecida, para luego desaparecer y reaparecer en otro sitio, segundos después, sentí escalofríos.
La cosa se puso fea cuando notamos que la luz se nos acercaba cada vez más. Y que susto al escuchar el grito de José. –Vamos amigo, vamos—gritaba mientras alzaba el rebenque el moro pampa salía disparando y yo detrás de él.
Volví a la ciudad y me dediqué a escribir mis experiencias vividas en el campo con Don José. Cuando volví luego de un año, su rancho estaba invadido por el yuyo y el abandono, José se había marchado a sembrar lejanos campos.
Invadido por la tristeza me subí al auto, por el espejo retrovisor veía por última vez lo que quedaba del rancho de José, el aire estaba rebosante a perfume de jazmín mezclado con lavanda.
FIN
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